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A Marco Herrera, con todo el amor que un ególatra puede sentir hacia otro

A Marco Herrera, con todo el amor que un ególatra puede sentir hacia otro

Por Hugo Pérez Torrejón

Ojalá este agrio momento fuese de estrés, pero es de pena, una honda tristeza, algo de rabia y una desazón permanente. Murió la persona que en estos tres años de formación, me alentó a escribir y publicó mi primera columna en un medio: Marco Antonio Herrera Campos. No le diré “profesor”, Marco es un maestro.

La primera vez que lo vi, fue en una escalera de la UPLA. Él venía llegando 15 minutos tarde y yo lo esperaba junto a un grupo de compañeras y compañeros para iniciar el curso práctico de Historia del Periodismo. Apenas llegó nos hizo escribir una crónica informativa, un lunes a las 8 de la mañana -un horario muy proactivo-. La clase siguiente a esa, destrozó cada uno de nuestros trabajos. Uno por uno, resaltando los errores y riéndose en nuestras caras, mientras iba y venía por la sala, con su mano izquierda en el bolsillo y en la otra, todas nuestras crónicas. Fue hermoso. Por un extraño motivo no nos molestó la humillación, quizás porque en su grandeza, después de cada certera, burlona y argumentada crítica, Marco nos guiaba para progresar y mejorar. De ningún otro profesor/a he aprendido tanto como de él.

El año pasado, más o menos en esta fecha, Marco me invitó a un café en el teatro de la UPLA. Le conté que estaba cansado, desmoralizado y completamente desilusionado de la carrera, y que aquello mermaba la que, no tengo dudas, es mi vocación de vida. “¡Pero si tú ya eres periodista!”. Sonreí. “Pa’ tí esta hueá debería ser pan comido. Sal luego de esta mierda”. No todos los días tu ídolo te da ánimo. Ése era el punto de encuentro donde Marco ya no me hablaba como profesor, sino como amigo, un compañero que en algún momento también se hastió de este ritmo deshumanizador de las instituciones. Y lo comprobé después, cuando me dijo “¿Crees que la malla curricular cuando yo estudiaba era buena? No, ¡Puras callampas!”.

Qué tremendo ser humano acabamos de perder. Qué gran valor desperdició la UPLA. Y permítanme la impertinencia, pero él me enseñó que el momento es siempre: no puede ser posible que alguien como Marco haya estado tanto tiempo a honorarios en la universidad. Otra muestra más del pestilente mundo que habitamos: muchos profesores con tremendas y reconocidas aptitudes, viven la inestabilidad laboral. La UPLA hoy mandará condolencias por Marco y todos pondrán cara de situación. Así funciona la hipocresía.

Marco siempre odió los lugares comunes y eso fue lo que más me criticó cuando empecé a escribir. Y es lógico que los odiara, porque el Periodismo está lleno de ellos. A veces, creo que le pasaba lo mismo que a mí y odiaba el Periodismo, o quizás lo amaba tanto que quería mejorarlo siempre, cambiarle ese rostro de hobbie mediocre hecho por y para tecnócratas de la información. Pero hoy, por desgracia, caeré en el más común de los lugares comunes y diré que murió una fuente de inspiración infinita, una de las pocas personas valiosas que encontré en la academia.

Querido maestro, compañero, amigo: extrañaré cada palabra tuya sobre el fin de la Unión Soviética, esperaré sentado y disfrutaré por tí el ver a Nicanor Parra ganar el Nobel, te recordaré cada vez que analice la realidad nacional, compraré tu libro, que no tendrá tu firma, haré mi tesis sobre el perraje del FPMR, que no tendrá tu guía. Terminaré lo que empecé, con tu ejemplo y tu recuerdo.

Hasta siempre.

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