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De Hitler a Trump: la vía democrática al fascismo

De Hitler a Trump: la vía democrática al fascismo

Siglo 20, años ‘20. Los asfixiantes castigos que le impusieron los países ganadores de la Primera Guerra Mundial a Alemania sacudieron con miseria y hambre a sus trabajadores. Millones de personas comenzaron a empobrecerse, y con un pueblo asfixiado y sin representación democrática real, el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán conocido como Nazi levantó un proyecto político centrado en reivindicaciones de clase y superioridad racial y cultural que buscó llenar un vacío, manipulando a su favor ciertos elementos de la realidad y así ganar las simpatías populares necesarias para lograr un eventual triunfo democrático legítimo e incuestionable.


Pero aquel triunfo no llegó. Pese a que el mito urbano que circula asegura que Hitler fue electo democráticamente en Alemania, fue el candidato socialdemócrata Paul von Hindebrund quien ganó las dos elecciones presidenciales que enfrentó el país en este contexto. Ni el horror de la pobreza, ni las evidentes agresiones de las potencias europeas extranjeras, ni la condición de judíos de algunos de los empresarios explotadores que aprovechaban de levantar fortuna desde la ruina social, pudieron ser del todo canalizados por los nacionalsocialistas, que no fueron capaces de ganar en las urnas. Fue en 1932 cuando los Nazi, en el punto máximo de popularidad de su partido, perdieron la elección con Adolf Hitler como candidato presidencial por márgenes claros -49/30 y 53/36 puntos porcentuales respectivamente- en la primera vuelta y el balotaje. Su posterior ascenso al poder ocurrió tras una serie de eventos políticos en los que el mismo Hindebrund fue hábilmente manipulado hasta posibilitar el nombramiento de Hitler como Canciller, para luego padecer demencia senil y finalmente la muerte un año después, dejando vía libre al resto de la ya conocida historia.

El triunfo en la elección presidencial 2016 en Estados Unidos de Donald Trump no tiene precedentes: por primera vez una potencia mundial elige democráticamente a un líder abiertamente racista, xenófobo, homofóbo y orgulloso abusador de mujeres, todas actitudes aberrantes que han sido hace décadas combatidas con la creación de leyes que han significado complejos consensos entre los movimientos sociales y las élites, así como sacrificios inmensos para diversos movimientos sociales y sus miembros alrededor del mundo entre los que contamos tortura y muerte. No es por arte de magia que estas ideas barbáricas, asociadas históricamente a proyectos políticos como el nacionalsocialismo, el fascismo y otro tipo de totalitarismos que creíamos parte de un remoto pasado, son rechazadas pública y privadamente por un amplio grupo social. El mismo movimiento feminista, que ha logrado en un siglo de historia cambios fundamentales en la sociedad y ha puesto en la discusión pública contemporánea como tema prioritario la violencia sistémica hacia las mujeres, se ve abofeteado por un desconcertante resultado electoral que abre un sinfín de escenarios, todos los cuales ofrecen destinos al menos inquietantes para quienes deseamos habitar un mundo en donde la diversidad cultural e identitaria sea una mínima valórica común a los proyectos políticos y económicos que construyamos hacia el futuro.

Lo que a ojos de buena parte de occidente parece un delirio, y que para los guionistas de la serie animada The Simpsons fue hace 15 años una hipérbole surrealista de un futuro distópico, es hoy la realidad. Con Trump como Presidente y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos -como lo consagra la Constitución del país para quien ostente el cargo-, se abren infinitas incógnitas respecto del futuro político, económico y militar de la primera potencia nacional a nivel mundial, y sus respectivas consecuencias en todo el sistema político internacional.

Pero aunque el discurso de la tenebrosa campaña del representante del Partido Republicano haya sido una osada jugarreta electoral que no impacte la vida cotidiana de los estadounidenses, aunque su ejemplo no termine apuntalando el triunfo de sus ideas más allá de sus fronteras (Le Pen en Francia tiene posibilidades reales de ser electa en el corto plazo), e incluso aunque sus supuestas intenciones antineoliberales en materia de comercio internacional que fueron esbozadas en su camino a la Casa Blanca fuesen ciertas, no podemos evadir el hecho concreto que hoy en Estados Unidos triunfó un conjunto de valores y creencias propios del individualismo que sostiene la cultura capitalista y neoliberal imperante, y que al parecer comienza a incubarse en el corazón de parte de nuestra sociedad. De alguna manera, el odio a lo distinto del que Trump se valió para este triunfo gana terreno por sobre la fraternidad y empatía entre nuestros pueblos, normalmente sometidos a injusticias similares. La cultura del miedo y su consiguiente paranoia colectiva ha avanzado en la toma de nuestras bases culturales y nos puede conducir a un destino de consecuencias impredecibles y funestas, y es nuestra responsabilidad asumir un rol activo en la lucha organizada para evitarlo.

Por Andrés Santa María, periodista y escritor, miembro del colectivo La Radioneta.

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